Lo decía Vargas Llosa lo decía y lo decía bien.
En aquel año del 2008, relataba los inconvenientes de vivir en una civilización del espectáculo, una civilización que pone en primer lugar en su tabla de valores, el entretenimiento, la diversión Y el goce inmediato y fugaz.
El mexicano ha tenido, en su contexto, una constante compañía con los medios de comunicación que han ido en constante evolución, la decadencia de la tele, la inmortal radio y las mutantes redes sociales, que han construido una por destruir dos.
Estas últimas son una banda headliner en este “vive latino” llamado México, con instrumentos enardecertes conectados a grandes parlantes que amplifican hasta lo inaudito.
El individuo mexicano pierde esta cualidad de individual antes este derroche, se vuelve una masa y adopta su más primitivo instinto inconsistente.
Partiendo como componentes que no viven uno sin el otro, la política y los medios de comunicación ya no son ajenos uno del otro, se han vuelto una gran carpa con funciones matutinas, vespertinas y nocturnas.
Toda carpa necesita actores y shows para mantener el espectáculo a flote, y el ambiente político-mexicano es una gran fuente de actores, no importando lo eficiente o lo competente que sean. El espectáculo es espectáculo.
Dentro de los actores políticos, siempre habrá un rey que puede jugar a ser otro papel, es el rey y se puede dar el lujoso privilegio de jugar a lo que sea, incluso ser un rey y bufón a la vez.
Este rey juega a hacer política utilizando eslóganes, frivolidad y mantras que parecen más tics nerviosos parte de un guion que memoriza la noche anterior, dejando atrás, dejándose opacar por los Reyes anteriores, ignorando totalmente la razón, la visión, programas de utilidad, ideas, inteligencia y doctrinas.
Los medios, como si fuera un gran hermano, entre las pantallas, los rostros de la información alimentan al espectador con catástrofe y caos espectacular, que es resultado, a veces, de este rey bufón.
La catástrofe y las tintas rojas siguen vigentes en el acontecer mexicano, porque es buscado y demandado por el espectador, ofertado y demandado.
Pero ¿es beneficioso este producto que se vende tres veces al día?
Para el comandante supremo de las fuerzas armadas, sí.
Bajo una escenografía, banderolas, estandartes y el manejo de los silencios, muchos, muchos silencios, este comandante busca dar esperanza y voz a su multitud que lo ve en el centro de la pista, que al salir de esa función, la mentalidad del grupo, según Durkheim, se hace una sola y causa que reproduzcan una opinión generica, compartida, y muchas veces repetida sin conciencia individual, un lenguaje más que reconocible y orgánico, que los sitúa en una perspectiva focal y da un saludo simbólico a la moral.
El espectador pone a competir entre víctimas y asesinos, como si se tratara de un deporte, haciendo quinielas, comparando estadísticas y atendiendo los detalles más pintorescos. Algo que no sorprende, se espera del mexicano, con expedientes pasados y el del en turno.
La vida contemporánea equivale a la existencia en una tira cómica. Carlos Pellicer escribía que: El mexicano tiene dos obsesiones, el gusto por la muerte y el amor por las flores.
Las flores se han vuelto una preocupación ecológica por tanta Corona en panteones, el gusto por la muerte es más diluida por el amor al drama.
La política, el rey, la nota de rojo pintada y la superioridad moral seguirán siendo el eje de conversación estética. La naturaleza mexicana no dejará que agonicen estos ejes, que entretienen, asustan y aleccionan.